Blanco era el color de tu pullover la primera vez que te vi de verdad, te había visto otras veces pero no había reparado en ti. Era la parada en la que tomamos la guagua por varios años, hacía semanas que había comenzado el curso, pero ese fue el primer día que me fijé en ti. Y como mismo me causaste una curiosidad enorme me olvidé de ti, tu sonrisa educadamente entrenada y mis mundos paralelos me hicieron casi olvidarte por casi 2 años
Beige era la funda del móvil que usabas cuando comenzaste a ser el centro de las conversaciones del grupo. Lo mirabas insistentemente como queriendo escapar, como buscando un aliado. Y como el casi no es definitivo, yo te miraba de lejos, apenado, inventándome mil justificaciones para no acercarme. Cierto que nunca dije nada de ti, pero el silencio me hacía cómplice de lo que ti decían
Verde eran los zapatos que tenías el día que me senté junto a ti. Ya había aprendido a convivir con mis muertes, las diarias y las ocasionales, y no temía muchas más. Y te fui descubriendo, sabiendo tus pensamientos, conociendo tus silencios. Ni entendí porque me presentaba como tu amigo cuando sabía que lo tomaban como algo malo.
Grises eran los tatuajes en los cuales me fijaban cada dia más, el de tu muñeca, el de tu espalda que imaginaba donde acababa y ese otro que vi cuando no me tocaba. Y como tatuandote en mi cabeza fuiste entrando en mi pensamiento. Te buscaba, y siempre la casualidad hacía que nos sentaramos juntos, o que nos tocaban los mismos trabajos, o el azar no hacía ir a la biblioteca el mismo día. Y yo deseando que supieras que las casualidades no existían
Azul era la libreta de la que arrancaste la hoja para contarme como te sentías aquel día en que no te salía ninguna palabra de la boca y hablar en clases no se podía, la misma hoja en la que te puse que podías contar conmigo.
Marrón era el banco donde estaba sentado cuando viéndote llegar supe por qué eras así, por qué tenías esa forma tan enigmática que a todos alejaba pero a mi me atraía. En un segundo descubrí que nunca te habían querido, o que nunca nunca te habías sentido querida, para hablar en propiedad.
Negros eran tus ojos el día en que me hablaste y comprendí que nuestros mundos paralelos nunca se encontrarían, que tus ojos negros nunca tendrían el brillo encendido y serían por siempre marchitos, que tu sonrisa siempre educada nunca sería una carcajada honesta.

Para contactar al autor: ustariz@nauta.cu

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