La primera vez q morí tenía 10 años, era el 2002, y los Industriales acababan de ser eliminados del campeonato por Pinar del Río. Era un niño, no sabía que el béisbol no lo es todo en la vida, que es solo un hombre con un madero tratando de golpear una bola blanca con 108 costuras rojas, las mismas que un rosario. No había aprendido la máxima que rige cada campeonato de cada deporte, “el año que viene sí”. Esa idea es lo que nos hace seguir yendo a los stadiums, sentarnos frente al televisor, hinchando por un equipo de segunda con la esperanza de que salga campeón, o creyendo que nuestro equipo campeón lo será eternamente. Esta primera muerte fue la mejor, es la que solo fue una vez, y nunca regresa.
Ironías de la vida, que siempre es irónica como un payaso triste, a los pocos meses morí por segunda vez. Mi abuela moría el mismo día que yo antes había dicho que se había muerto. Esa premonición, saberlo y decirlo antes me hizo estar callado por más tiempo en mi vida que nunca antes y nunca después. Y esa segunda muerte me mata a cada rato, cuando me doy cuenta que ya no recuerdo su cara.
Para más ironías, los Industriales ganaron al otro año, y al siguiente, pero mi abuela no regresó. Ahí aprendí que el béisbol, como todos los deportes, hay que seguirlos durante el tiempo que duran, pero después del último minuto, el último silvatazo, o el último out, hay que levantarse y seguir como si nada hubiera pasado.
La tercera vez que morí, estaba en el preuniversitario. Y fue el día que me di cuenta que no era igual que la mayoría. Sabía camuflarme entre ellos, hacerme pasar por uno más, sonreír cuando tocaba y pasar inadvertido y hasta ser el líder. Pero era un corazón solitario, no me gustaba lo mismo, me importaba nada la moda, y pensaba demasiado para mi bien. Esta es mi muerte diaria, la que siento cada vez que tengo que ponerme el rostro común, pero tanto la tengo que al cabo se ha hecho mi amiga, y ya daño me hace poco. Tan poco me hace daño, que me divierte, y a cada rato me hace nacer
La cuarta muerte es la muerte cruda, la malvada, la que me acompaña desde que la sentí. La muerte silenciosa, la callada, la secreta que a nadie digo. Pero sigue aquí.
La quinta muerte fue cuando descubrí que había terminado con ella aún cuando éramos novios. Me preguntó una pregunta, le respondí la respuesta, y cuando sentí su suspiro al otro lado del teléfono, sabía que el tiempo que quedaba de relación era prestado. No me engañaban sus caricias, ni sus mimos; no alcanzaban mis ganas ni mis intentos; estábamos pasados de la fecha de caducidad. Esa fue la muerte más fuerte en menos tiempo. Un día antes de dormir me di cuenta que ya no tenía poder sobre mí. Y sentí que era libre, que había vencido a esa muerte.
Y así fueron mis muertes, algunas constantes más allá del amor, otras efímeras como beso de mariposa.
Algún día tal vez cuente las veces que he nacido.
Para contactar al autor: ustariz@nauta.cu

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