La maldita circunstancia del mar por todas partes.

Cuando Robinson abrió los ojos

y vio que estaba solo en una isla,

solo en una isla, como tú y yo

C.V.

No sé cuánto mide el malecón de La Habana. Dicen que es el banco más largo del mundo, que es el sofá donde La Habana se sienta. Dudo que sea el más largo del mundo, y para sofá le falta mucha comodidad, pero sin duda tiene su magia.

Y es que a todo isleño el mar le persigue, para lo bueno y lo malo, y más en esta pequeña isla perdida en el mar.

Los que nacen y crecen en el continente nunca lo entenderán, ni siquiera los que viven en sus costas, al final el mar es solo una acumulación de agua salada. Pero para el isleño es parte de su vida. Ninguno recuerda el día que lo conoció, porque siempre ha estado ahí. Tus primeros paseos cuando aún no tienes uso de razón, las fugas de la escuela para bañarte, las tardes en que fuiste solo a sentarte a su orilla a vencer al tiempo, las idas obligatorias en vacaciones, las noches de fogata y guitarra, su cuota de noviazgo, amor y desamor.

Todo esta marcado por ese azul que te persigue. Del que no puedes escapar.

Tambien las tempestades, porque sabes que del mar viene lo más terrible para un isleño tropical, los ciclones. Porque sabes que no hay fuerza que pueda detener el mar, porque siempre los ciclones, si son ciclones que se respeten, vienen de noche. Y en un segundo esa marea oscura te deja sin casa, sin recuerdo, sin vida.

Pero lo peor para un isleño es sentarse en su pedazo de malecón, ese que es tuyo y solo tuyo por el instante que lo ocupas, y mirar al mar y preguntarse qué hay del otro lado. Porque no valen libros, ni historias, ni fotografías ajenas; siempre tendrás esa duda. Como el prisionero que ha nacido preso y le hablan de más allá de los muros. Porque aunque el mar ahogue tus penas, las comparta y las alivie; el mar te mantiene preso.

Por eso todos los isleños somos emigrantes, viajantes potenciales. Unos logrados y otros frustrados, pero todos deseosos. Por eso cuando no lo tienes lo extrañas, porque siempre ha estado ahí, porque nunca has estado a más de una hora de distancia de la costa, porque a veces no sabes qué hacer con la libertad de caminar sin mojarte los pies en la orilla.

Y si cada persona es un mundo, el isleño es una pequeña isla. Cada uno solo como Robinson, preguntándose que habrá en las otras islas, que pensaran los otros Robinsones cuando miran al mar que son nuestros ojos, si en la otra orilla habrá alguien deseando venir y desentrañar los misterios de esta isla sola con Robinson.

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