Se fue Víctor Mesa: el Dios del beisbol ha perdonado nuestros pecados (¿perdonará los de él?)

Víctor Mesa dijo ya no más, y decidió irse. La noticia resonó como una bomba, y si no lo hizo más fue porque pasaron demasiadas cosas esa semana como para preocuparse de él. Se fue por la puerta de atrás, deslizándose entre noticias verdaderamente tristes.

Se fue el que en algún momento se consideró intocable, por encima de la ley, mejor que los demás. Y como todo lo relacionado con su persona, hubo a quienes le gustó que se fuera, y a quienes no.

Se creyó un manager excelente y un estratega impecable, pero no ganó un campeonato. Después de más de 15 temporadas exhibe en sus vitrinas 4 medallas de plata, 6 de bronce, y ningún trofeo de campeón. Nada mal si no se conociera las historia tras esas medallas.

En el primer capítulo todo correcto, con derrotas pero sin excesos (sin excesos de su personalidad, que de lo demás…). Dos años consecutivos perdiendo todos los juegos de la final frente al mismo campeón (en el segundo año, un equipo que no era la sombra del que la había ganado el primer). Se fue de provincia natal y su provincia natal ganó, quiso llevarse el mérito, pero no se lo dieron (porque no se lo merecía).

Se fue a otras tierras en busca de suerte y la Atenas de Cuba le abrió los brazos (y los bolsillos, y se inclinó ante su recién autoasumida alteza VM32). Y allí hizo y deshizo, convirtiéndose en zar, perdiendo el respeto que había ganado como jugador. A golpe de promesas (muchas de ellas cumplidas) y de golpes en la mesa (y pataletas de rey autoproclamado) trajo jugadores convirtiendo a su equipo en una Legión Extrajera a la cubana (o a lo Víctor), los moldeó a su antojo, les sacó el extra, los convirtió de desconocidos a estrellas. Y estrelló la nave.

Una vez se la hundió un cátcher que ayudó a formar, el mismo al que le prometió el equipo Cuba al Clásico, y se lo quitó; y se la hundió de mejor manera, homerun con la casa llena el último juego. Otra vez se la hundió un equipo azul decidido a todo solo porque era contra él, colgado del brazo de un desconocido que lanzó la noche de su vida. Y por último se la hundió él mismo, luego de implantar un record de victorias al que le faltaron las cuatro más importantes. Y cuando había dicho que no dirigiría más, un comentarista deportivo (¿al que le habrá pagado?) lo propuso para el cargo del equipo insigne. Y allí prometió llenar el stadium (y se lo llenaron) y en capital le dieron lo que a nadie le habían dado, los que antes lo odiaban, ahora lo querían. Y lo quisieron hasta que hizo otra vez lo mismo, y su sueño de poner la corona en su cabeza acabó en pesadilla de cuarto (lugar).

Y durante el trayecto, la vida (o los dioses del béisbol, que nada olvidan) lo hizo más malo. El único pitcher que no lanzó bajo se mandato en el Clásico, hoy es abridor en Grandes Ligas. El cuarto bate que mandó a tocar durante su nada clásica incursión, dio más de 30 homeruns en su debut en la MLB y nunca allí ha tocado la bola. Y se le cayó la careta de caballero y “hombre´´ (de los de la calle, los del barrio, los de verdad). Le echó tierra a un árbitro porque podía (y porque nadie tuvo el valor de parársele en frente y mandarlo bien lejos). Golpeó a unos escolares porque no podía aceptar su derrota (y porque parece que la policía no tenía cajones). Ofendió a una periodista por ser mujer porque no responder sus preguntas (y porque el gremio periodístico le reía todas sus gracias). Humilló a peloteros delante de un estadio repleto porque pretendía hacerlos mejor (y porque no tenían lo que hay que tener para dejarlo hablando solo, o algo mejor).

Se fue Víctor Mesa, resuena en las peñas la noticia, debajo de noticias verdaderamente tristes. Y nos deja un excelente entrenador y un pésimo manager. Nos deja el que hacía todos sus juegos entretenidos (por lo bueno y por lo malo). El que nos dejó el mejor coro de gradas (el “Víctor recoge el circo´´ es lo mejor que he oído en un terreno). Él, cuya única bandera era la de su nombre (y a la cual le juraron fidelidad cientos de peloteros, periodistas y directivos que hoy no saben qué hacer). Él, que nos deja la enseñanza de cómo dirigir un equipo (el libro “Haga todo lo contrario a lo que yo hice hizo y ganará cuanto campeonato quiera´´ es de autoría, y esa también es su única línea). Se va, y se va por la puerta de atrás, sin retiro a grada llena ni documentales de elogio. Lo vamos a extrañar (y por eso no seremos masoquistas, ¿o sí?), pero pronto se olvidará. Los que levantaron su voz por él prefieren callar.

Se fue Víctor Mesa, diluido y silencioso por la puerta de atrás. El dios del beisbol (el que siempre da dos oportunidades) se cansó de él, y ya no le perdona sus pecados. Tendremos ahora que pedirle al dios de los diamantes, las bolas y los strikes, que nos perdone a nosotros por haberle permitido tanto (y ya nos lo sacó del camino, eso es un buen indicio)

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